lunes, 19 de febrero de 2018

Crítica: EL TÚNEL

Las caras de Juan Pablo Castel

El grupo de teatro argentino “La cuarta pared” nos ha visitado recientemente con una serie de montajes originales bajo el brazo. Dentro de esta lista está El túnel, una adaptación de la novela homónima de Ernesto Sábato dirigida por Guillermo Ale, donde el actor Ale Rafart encarna la voz de Juan Pablo Castel, el personaje principal y narrador de ambas versiones de la obra de Sábato.

El montaje contó con una serie de elementos que, visualmente, ayudaban a la construcción de imágenes que aportaban a la narración: el uso de un vestido para referirse a María, la amante del personaje; el uso de una máscara neutra echada en el piso para representar a dicha mujer echada, entre otros. El conjunto de elementos escenográficos permitían introducir al espectador en el mundo  de Juan Pablo Castel, quien desde el inicio se nos presenta  como un personaje retorcido, cuya forma de pensar meticulosa está representada en su manera de ver el arte al que se dedica (pintor). Una de las tareas de este montaje, a mi parecer, es el poder construir la imagen de María desde la perspectiva de Castel, un logro de la obra. La interpretación de  Ale Rafart estuvo a la altura: hubo una construcción específica de la corporalidad, pues incluso con gestos  como la forma de mirar o de caminar podíamos conocer la personalidad de Juan Pablo. Por otro lado, los momentos en los que el actor representaba a los personajes secundarios (María, el marido ciego) estuvieron logrados, pues era interesante ver cómo el actor cambiaba totalmente de corporalidad y de voz, recursos suficientes para añadirle matices a la narración.

En cuanto a la línea dramática de esta adaptación, hay muchos aspectos que tener en cuenta. En primer lugar, estamos hablando de una novela convertida a teatro, por lo que hay muchos códigos que han sido alterados. En el libro, la historia del personaje principal es contada por él mismo y logra un efecto atractivo cuando vamos conociendo cada nueva información que se va revelando. En el caso del montaje, el efecto sorpresa de cada detalle de la historia de Castel se perdía por momentos: hubo fragmentos del monólogo que se hacían largos de escuchar, incluso me atrevo a decir que hubo algunos textos que, de acuerdo a lo que yo entendí como estructura de la obra, podrían haber sido cortados. No se sintió que la historia fluía: algunas pausas, unas más largas que otras, no contribuyeron a la representación de manera positiva.

La reciente llegada a Lima de “La cuarta pared” con obras como El túnel o Eran ellas… o yo, dentro del contexto político en el que nos encontramos, es un regalo. Ambas obras tocan el tema del feminicidio sin asco y desde perspectivas distintas y necesarias. Es rescatable que se hagan obras de teatro donde se busque atacar los males sociales vigentes, con el fin de hacer despertar la conciencia social. Gracias a “La cuarta pared” por mostrarnos sus denuncias a través de su arte.

Stefany Olivos
19 de febrero de 2018

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