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martes, 22 de septiembre de 2026

Crítica: TARTUFO


El espectáculo de la mentira

El Auditorio Larco de Miraflores recibe Tartufo, de Molière, bajo la dirección de Gian Ausejo. Pablo Cifuentes, Andre Muriano, Paloma Scarggioni, Vanessa Collantes, Ricardo Falco, Rayser Smith, Sonia Espinoza, María Guardia, Sergio Peralta y el mismo Ausejo conforman el elenco de esta puesta que se enfrenta a uno de esos textos que, pese al paso del tiempo, continúan encontrando nuevas formas de incomodar y provocar desde la sátira. Molière no llega aquí como una pieza de museo, sino como un cuerpo teatral que todavía puede ser manipulado, tensado y llevado al exceso.

Uno de los aciertos del montaje está en no intentar domesticar el lenguaje de Molière. Los intérpretes conservan los versos y el orden clásico de la obra, permitiendo que la palabra mantenga su peso dentro del acontecimiento escénico. Esta decisión no funciona únicamente como respeto al original: es también una herramienta para construir la comicidad. La musicalidad de los versos, sus tiempos y la forma en que los personajes se enfrentan a través de la palabra producen una fricción que alimenta el juego escénico. Hay algo profundamente teatral en dejar que Molière sea Molière y descubrir qué sucede cuando ese lenguaje vuelve a circular entre cuerpos contemporáneos.

La dirección de Ausejo encuentra en esa relación con el clásico una de sus principales apuestas. La obra no parece interesada en traducir Tartufo a una contemporaneidad evidente, sino en dejar que sus mecanismos respiren desde el presente. La distancia temporal no desaparece; se convierte en parte del juego. Y allí aparece una de las virtudes del montaje: comprender que actualizar un clásico no necesariamente significa modificarlo hasta hacerlo irreconocible, sino encontrar desde dónde volver a ponerlo en combustión.

En ese territorio, Tartufo aparece como una criatura particularmente fértil para el exceso. Su construcción parte de una actuación vehemente que se desplaza desde lo más paupérrimo hasta lo grotesco y lo fantasioso. El personaje crece a medida que se alimenta de su propia impostura, y la interpretación encuentra precisamente en esa desmesura su potencia. Tartufo no solamente engaña: actúa. Construye una imagen de sí mismo, administra sus gestos, sus palabras y su falsa virtud hasta convertir la hipocresía en espectáculo. La teatralidad del personaje termina siendo también la teatralidad de la obra: todos miran, todos creen, todos representan algo.

Y es allí donde la sátira de Molière vuelve a morder. La obra no se agota en descubrir que Tartufo es un impostor; el verdadero juego está en observar cómo una comunidad puede quedar atrapada frente a una apariencia cuidadosamente construida. El engaño funciona porque encuentra un espacio dispuesto a creerlo. Por eso el conflicto no pertenece exclusivamente al impostor: también se instala en quienes lo observan, lo justifican y le entregan poder. La comicidad aparece entonces como una puerta de entrada a algo más incómodo.

La comedia de enredos encuentra en el elenco un terreno fértil para desplegarse. Los intérpretes se escuchan y sostienen con precisión el texto, permitiendo que las entradas, reacciones, descubrimientos y enfrentamientos alimenten progresivamente la acción. Aquí el ritmo no depende únicamente del remate, sino de la capacidad del elenco para hacer circular el conflicto. Una mirada puede desatar una reacción; una reacción, una sospecha; y una sospecha, un nuevo desplazamiento dentro del enredo. La maquinaria cómica funciona porque los cuerpos no están aislados: se afectan constantemente.

La puesta en escena, además, encuentra valor en asumir que montar a Molière implica enfrentarse a una estructura que ya posee sus propias reglas de juego. En lugar de sobrecargarla, el montaje permite que sean el texto, los cuerpos y el conflicto quienes sostengan el acontecimiento. Así, Tartufo encuentra su vigencia no porque intente parecer una obra escrita hoy, sino porque demuestra que ciertas formas de poder, apariencia y manipulación todavía pueden ser expuestas desde el escenario.

Quizá por eso la mentira de Tartufo continúa siendo tan teatral. Porque necesita un escenario, un público y una comunidad dispuesta a creer en aquello que se representa frente a sus ojos. Y mientras Tartufo consigue convertir su falsa virtud en espectáculo, Gian Ausejo, desde la dirección, hace lo contrario: convierte el espectáculo en una forma de desnudar la mentira.

Juan Pablo Rueda 

22 de setiembre de 2026

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