La ternura como acto de resistencia
Los cercadores, obra del dramaturgo peruano Grégor Díaz, dirigida por Sandra Melgarejo, construye una experiencia íntima alrededor de José y Rosa, pareja atravesada por la precariedad, el cansancio y la necesidad de seguir imaginando formas para alcanzar la felicidad cuando ya no hay nada más.
La puesta nos muestra un universo cotidiano, reconocible y profundamente peruano. Hay en escena una Lima popular, de barrio, pero también aparecen resonancias provincianas y andinas que le dan al montaje una textura particular. Esa mezcla no siempre queda del todo precisa, pero permite que los personajes parezcan habitar una ciudad hecha de recuerdos, pobreza y costumbres heredadas.
Uno de los mayores aciertos del montaje está en el trabajo actoral. Isabel Del Castillo y Eliot Salinas sostienen la obra desde una naturalidad que permite creer en el vínculo. Más allá de algunos momentos iniciales donde la tensión parece algo forzada, ambos intérpretes encuentran pronto un ritmo orgánico. La relación entre ellos se vuelve el centro emocional de la puesta: se miran, se escuchan y se acompañan con una verdad sencilla, humana. Esa humanidad es clave para que el espectador no observe a José y Rosa desde la distancia, sino que termine conviviendo con ellos.
La dirección de Melgarejo apuesta por una escena contenida, sin excesos. La iluminación es básica, pero funcional; no busca imponerse sobre el relato, sino acompañar la intimidad de los personajes. En ese sentido, la puesta entiende que esta obra no necesita grandes artificios para funcionar. Su fuerza está en los silencios, en los gestos mínimos, en la manera en que una pareja intenta sostenerse cuando todo alrededor parece empujarla hacia el desgaste.
La dramaturgia de Grégor Díaz aparece con una escritura casi poética. Las frases cortas construyen una cadencia particular, cercana al habla cotidiana, pero cargada de melancolía. La obra no presenta la pobreza únicamente desde la carencia material, sino también desde sus efectos emocionales: la frustración, la vergüenza, el deseo, la ternura, el amor y esa necesidad casi desesperada de inventar algo que permita seguir. La escenografía, con botellas vacías y objetos que rodean a los personajes, refuerza la sensación de abandono y precariedad.
Los cercadores conmueve, porque no idealiza a sus personajes. Los muestra desde sus contradicciones, desde su fragilidad y desde esa ternura que aparece incluso en medio de la desesperanza. José y Rosa no tienen mucho, pero construyen pequeños refugios imaginarios para sobrevivir. El montaje recupera con sensibilidad una dramaturgia peruana fundamental y la acerca al público desde una escena honesta, cercana y profundamente humana. Una obra pequeña en apariencia, pero habitada por emociones grandes.
Milagros Guevara
14 de junio de 2026

No hay comentarios:
Publicar un comentario