Cuatro microobras para pensar
No es un secreto, a estas alturas, que más de la mitad de la comunidad teatral limeña viene (o lo hizo en algún momento) explorando el formato de teatro breve. Y seguramente, lo seguirá haciendo, ya que hasta el momento, al menos para quien escribe, no se hace notorio todavía el agotamiento de este modelo escénico. Sin embargo, la distancia y el tráfico juegan ahora mucho más en contra para aquellos espectadores que viven lejos del espacio de representación y lo piensan dos veces antes de salir a ver un solo espectáculo de quince minutos. Las alianzas entre artistas individuales o colectivos teatrales compartiendo el mismo escenario se convirtieron entonces en una de las opciones más factibles, para públicos y creadores. Es así que ahora se le suma a la reciente oferta de teatro breve, el ciclo titulado Las políticamente incorrectas - Las breves de Juanita, en el Teatro Juanita Tarnawiecki, ex-Mocha Graña de Barranco.
Acaso uno de los aspectos más interesantes a debatir sea el de la necesaria (o quizás no) selección de microespectáculos por temáticas, géneros o hasta autores. Para algunos, este detalle no afecta en lo absoluto ni la visualización ni el disfrute de obras de corta duración de estilos y ejecuciones distintas; mientras que otros, por el contrario, se sentirán agradecidos de que las microobras presenten, por lo menos, un hilo conductor. Sea pertinente o no este comentario, la antología presentada por el autor y director Alexander Pacheco opta por cuatro historias orientadas hacia situaciones y actitudes que atentan, en mayor o menor medida, contra el status quo o la “normalidad de las cosas” que impone nuestra sociedad. En ese sentido, se agradece este punto en común entre las piezas ofrecidas.
En No me llames Espíritu, Luciana Vidaurre y Leito Monteverde manejan con buen timing un diálogo acerca de los improbables e imposibles nombres para ponerles a los hijos; en Pastillas de fe, la doctora Cecilia Tosso y el paciente Pacheco protagonizan una divertida consulta urológica en la que nada es lo que parece; en Queer, Vidaurre y Mirella Ibáñez se encuentran próximas a concretar su tan anhelado deseo, que aparece materializado al final de la manera más surrealista posible; y en Ya es mi turno, Ibáñez (autora además del texto) es la simpática encargada de recibir en las puertas del cielo al recién llegado Pacheco, quien le parece extrañamente familiar. Todas las historias mantienen su particular encanto y resultan entretenidas, especialmente la última.
Quizás los únicos reparos que se le podrían hacer al montaje sean los de encontrar la manera de estilizarlo aun más, con algunos de sus elementos y utilería más cuidados y funcionales; así como el de resolver los cambios de escena de manera más sobria y solapada. Por lo demás, se trata de una apuesta valiosa por presentar interesantes obras cortas que nos hacen reflexionar sobre los mil y un prejuicios y las tan nocivas actitudes que tanto daño le hacen a la sociedad.
Sergio Velarde
24 de mayo de 2026

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