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lunes, 13 de abril de 2026

Crítica: FARSÓPOLIS


El deseo como juego compartido

La propuesta de Farsópolis, dirigida por Alex Ticona y producida por La Tropa del Eclipse, activa su código desde antes de iniciar. En Teatro Ricardo Blume, el espectador no llega a sentarse del todo cuando ya ha sido incorporado a una lógica de juego: un coro que observa, regula y acompaña, un espacio delimitado que exige atención, y una advertencia implícita de que aquí la convención no se oculta, se comparte.

Lo que sigue no es una historia lineal, sino una sucesión de situaciones donde el deseo, el vínculo y el equívoco se despliegan desde un registro abiertamente lúdico. Más que conflictos cerrados, lo que aparece son dinámicas reconocibles llevadas a un punto de exageración que permite observarlas desde otra distancia. Hay algo particularmente sugerente en cómo la obra aborda lo sexual: no desde la provocación directa, sino desde una naturalización que, por momentos, evidencia cuánto de esas libertades siguen siendo aprendidas o incluso negociadas.

Las relaciones que atraviesan la escena no buscan estabilidad; se transforman, se redistribuyen, se desbordan. En ese tránsito, la figura del servicio (la criada, el intermediario) adquiere una presencia activa que reorganiza las reglas del juego. No se trata solo de acompañar la acción, sino de intervenirla, torcerla, encontrar salidas donde aparentemente no las hay. Esa movilidad genera un tipo de humor que no depende del remate, sino de la situación sostenida y de la inteligencia con la que los intérpretes la habitan.

Hay también momentos donde la obra se permite detenerse en zonas más ambiguas. El acercamiento al deseo masculino, por ejemplo, aparece desde un lugar que oscila entre la curiosidad y la contención, sin necesidad de afirmarse en una postura. Lo interesante ahí no es tanto lo que se define, sino lo que queda suspendido: una incomodidad leve, una pregunta que no termina de resolverse y que, sin embargo, no rompe el tono general de la propuesta.

Los intermedios circenses funcionan como una expansión más que como una pausa. La destreza física, la precisión y la concentración de los intérpretes (Joel Candia, Ricardo Cotarate, María Cristina Esteban, Mario de la Riva, Claudia de la Torre y Angie Damacén) sostienen una energía que no decae, sino que se reconfigura constantemente. Hay un goce evidente en el hacer, en el riesgo medido, en la ejecución que se vuelve espectáculo sin necesidad de subrayarse como tal.

Hacia el tramo final, la lógica de la obra se intensifica sin abandonar su código. Las situaciones se vuelven más abruptas, más veloces, casi como si el propio universo que han construido comenzara a desbordarse sobre sí mismo. No hay intención de ordenar ese caos; por el contrario, se permite que avance hasta sus últimas consecuencias, manteniendo siempre ese pacto inicial con el espectador: aquí lo importante no es la resolución, sino el recorrido.

En conjunto, esta gran obra encuentra su mayor acierto en la forma en que articula lo teatral y lo circense desde una misma raíz energética. La comedia no aparece como un mecanismo impuesto, sino como una consecuencia directa de la presencia escénica y del vínculo activo con el público. Hay una sensación de frescura que se sostiene precisamente porque no parece sobrepensada, porque confía en el cuerpo, en el ritmo y en la escucha entre intérpretes. En ese equilibrio, la obra construye una experiencia fluida y disfrutable, donde el artificio no distancia, sino que invita a entrar en el juego.

Naomi Noblecilla

13 de abril de 2026

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