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lunes, 31 de marzo de 2025

Crítica: PLUMA Y LA TEMPESTAD


Lazarillo de la urbe

¿Conocen aquellas obras en las que, antes de la tercera llamada, los actores ya están presentes habitando el espacio como sus personajes? Estas antesalas que nos entregan a tratar de entender un mundo en loop, absurdo, esperando existir de verdad. Pluma y la tempestad, dirigida por Florencia Guzmán, toma una de estas antesalas como su inicio, y me deja la interrogante si quizás, igual que nosotros, el personaje principal de la obra se encuentra esperando su existencia, sin ser consciente del absurdo pero pintoresco universo humano que le toca explorar. 

El gran peso de la progresión temática y emocional de la obra recae sobre los hombros de su intérprete principal, Ernesto Ayala, y su capacidad para verse afectado por las costumbres oscuras que su personaje presencia sin perder nunca del todo su energía original. Pluma, un joven cuya androginia expresa su infinito potencial humano entra al mundo (en una secuencia de parto por demás fascinante) para, cual Principito o Lazarillo de Tormes, pasar de mano en mano entre los habitantes de un mundo usualmente sucio y hostil, pero también lleno de dogmas sobre los cuales reflexionar o cuestionar. Se encuentran algunas bondades y amores entre la podredumbre, fugaces pero igual representativos, de que la humanidad en los lugares más tristes aún se encuentran. El conflicto es si Pluma la llega a escuchar, o si se pierde entre tanta bulla y contradicción humana. 

Ayala, como protagonista, funciona bien. Es fácil encantarse por su picardía inocente, su progresiva frustración con el mundo se capta con empatía. Sus encuentros con rufianes, prostitutas, peregrinos u obreras son interesantes, aunque al montaje a veces le cuesta mantener el ritmo entre uno y otro. La estructura de la obra se sostiene en su mejor peso a la mitad de la obra, mientras que el inicio del viaje aún flaquea al momento de engancharnos. La energía está en su pico cuando los actores que acompañan a Ayala se entregan de lleno a la escena sin temores ni impostar, cuando vemos a sus personajes no solo en palabra sino en cuerpo: todo el elenco tiene por lo menos un muy buen personaje en este aspecto, pero Rocío Antero y Lorena Aquino Sánchez se llevan las palmas, abarcan sus diferentes personajes desde voz, cuerpo y corazón.

La escenografía es de un trabajo impecable. Desde el cuchitril del que discuten los padres de Pluma a la basura y los bidones de las calles, el Club de Teatro de Lima se transforma con esta obra a un pequeño y amplio antro en el que aun se percibe un poco de luz. El espacio apoya al sentimiento de acompañar a Pluma en un desfile de personajes que abrazan o desprecian la suciedad de la urbe. El texto de Arístides es como siempre, un deleite, muchas veces con tantos detalles que es difícil profundizar en todos. El aspecto de habitar el cuerpo, aun así, quizás el más importante en esta obra, es el que se ha cuidado con mayor consciencia, y lo que completa el sentimiento de viaje humano que lleva Pluma en medio de una tempestad que bien podría ser Lima a un resultado satisfactorio.

José Miguel Herrera

31 de marzo de 2025

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