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martes, 5 de mayo de 2026

Crítica: EL DÍA QUE CARGUÉ A MI MADRE


Un cuerpo que recuerda: delicadeza y herencia en escena

En la intimidad de la Sala Quilla, El día en que cargué a mi madre, dirigida y escrita por Paloma Carpio, se instala como una experiencia escénica sensible que encuentra en el cuerpo su principal territorio de significado. Interpretada por Bernadette Brouyaux y Soledad Ortiz de Zevallos, la obra propone un recorrido íntimo donde el vínculo madre-hija se despliega con honestidad y sutileza.

Desde el inicio, la puesta construye un universo compartido: una escenografía con niveles, un árbol que parece sostener la propia historia, elementos cotidianos y un trapecio que introduce una dimensión de riesgo y poesía. Todo convive en equilibrio, generando imágenes que sugieren más de lo que explican. Hay una atmósfera cálida reforzada por una luz mayormente ámbar y la presencia del color blanco en escena, que envuelve al espectador en una sensación de cercanía.

Uno de los grandes aciertos de la obra es su lenguaje híbrido. La palabra, la voz en off, la música, la composición de la luz y el movimiento se entrelazan con precisión, permitiendo que la historia se construya tanto desde lo narrativo como desde lo visual y lo corporal. La presencia de la danza y el circo adquiere un lugar central en la obra, aportando capas de sentido y sosteniendo la atención con momentos de riesgo y belleza. El cuerpo no solo se despliega: se arriesga, se eleva, se sostiene y se transforma. El uso del trapecio introduce una poética del vértigo donde se parece dialogar con la fragilidad y la fortaleza de los vínculos. La fisicalidad de las intérpretes, entre lo coreográfico y lo acrobático, construye imágenes de gran potencia visual, donde el equilibrio y la caída no son solo acciones, sino estados emocionales. Así el lenguaje circense no busca sólo virtuosismo, sino que se integra orgánicamente a la narrativa, amplificando la experiencia sensorial del espectador.

Sin necesidad de subrayar, la obra deja ver temas como el paso del tiempo, la memoria y las transformaciones del vínculo familiar, especialmente el de madre-hija. Aquí, el cuerpo se convierte en archivo: guarda, carga y también libera. Hay frases que emergen con fuerza por su carga emotiva, pero es sobre todo en la fisicalidad donde la propuesta encuentra su mayor potencia.

La presencia de distintas generaciones se sugiere con delicadeza, abriendo preguntas sobre lo que se hereda, lo que se repite y lo que se resignifica. En ese tránsito, la obra dialoga con la identidad, la pertenencia y las ausencias, sin caer en lo evidente. Incluso los elementos interculturales, como las canciones en francés, se integran de manera orgánica, ampliando el universo sin romper su coherencia.

El día en que cargué a mi madre es una pieza que apuesta por las imágenes, la emoción contenida y la construcción simbólica. Una obra que no necesita explicarlo todo para tocar fibras profundas y dejar una resonancia y reflexión profunda que permanece más allá de la función.

Últimas funciones: viernes 8, sábado 9 y domingo 10 de mayo. Entradas disponibles en Joinnus.

Tammy Alfaro

5 de mayo de 2026

lunes, 4 de mayo de 2026

Crítica: LAS MUJERES SABIAS


Entre el saber y el aparentar

Hay textos que no pierden vigencia con el tiempo; al contrario, estos maduran como reflejos incómodos frente a la sociedad. Tal es el caso de Las mujeres sabias de Molière, una comedia muy atrevida que, a pesar de la distancia generacional, se mantiene aún vigente. Bajo la dirección de Viviana Andrade, esta puesta en escena se sumerge en la crítica a la pedantería y a esa obsesión tan humana de vivir de las apariencias, pretendiendo ser o saber aquello que, en el fondo, desconocemos por completo.

La particularidad de esta obra de teatro es el compromiso de su elenco. Si bien se puede percibir que nos encontramos ante actores en proceso de formación, se rescata la gran entrega física y emocional que dejan ver en escena. Hay una energía particular que recorre las tablas; una vitalidad que, en sus mejores momentos, regala actuaciones muy honestas y desarmantes que conectan directamente con el público. Es cierto que el ritmo de la obra atraviesa valles, momentos en los que la tensión cómica parece diluirse, pero la fuerza y energía que el elenco coloca logran rescatar la atención del espectador antes de que el hilo se rompa.

En cuanto a la parte técnica, los detalles están lejos de simples complementos. La escenografía y los apoyos visuales funcionan de gran ayuda a lo narrativo, construyendo la atmósfera necesaria para que el público comprenda no solo dónde están los personajes, sino también bajo qué situación se encuentran los personajes. 

Estamos ante una obra que, aunque se perciba en desarrollo, no teme mostrarse vulnerable. Es precisamente ese conjunto de elementos que nos brinda de manera clara y honesta el mensaje de Molière, el cual llega nítido: la verdadera sabiduría no reside en la retórica vacía, sino en la autenticidad. Sin duda, una propuesta que nos invita a reírnos de nuestra propia necesidad de aparentar.

Javier Gutiérrez

4 de mayo de 2026

Crítica: JAMES BROWN USABA RULEROS


Ser otro: el juego incómodo de James Brown usaba ruleros

Este fin de semana se estrenó James Brown usaba ruleros en el Teatro de Lucía, obra de la dramaturga francesa Yasmina Reza, dirigida por Alberto Isola y con las actuaciones de Sandra Bernasconi, Pold Gastelo, Mónica Rossi, Sergio Armasgo y Eduardo Pinillos.

James Brown usaba ruleros cuenta la historia de Jacobo, un muchacho que decide dejar de ser quien es para asumir la identidad de Celine Dion. Sus padres, preocupados por esta decisión, optan por internarlo en un centro psiquiátrico no convencional, donde él vivirá nuevas experiencias.

Aunque la premisa pueda sonar extraña, el texto es bastante dinámico, con un humor elegante y un mensaje potente: aborda la identidad y la incapacidad de entender al otro, temas con los que el público conecta de inmediato desde el inicio de la obra.

La dirección de Isola es acertada. Si bien se percibe una buena conexión entre los actores al momento de interpretar a sus personajes, destaca especialmente el trabajo de Armasgo, quien da vida a Jacobo, y el de Pinillos, que interpreta a su amigo dentro del centro psiquiátrico y refuerza la lógica del mundo en el que habita. Ambos se complementan muy bien y brillan en escena.

Del mismo modo, aunque la escenografía es bastante simple y utiliza pocos elementos, destaca el trabajo audiovisual —con la inclusión de breves vídeos a lo largo de la obra— y el diseño de luces, que construye una atmósfera particular en cada escena.

Finalmente, sí recomendaría ver esta obra, sobre todo si te interesan las historias contadas de manera no convencional. Es una puesta inteligente que deja al espectador reflexionando incluso después de que termina: una comedia que invita a pensar en la libertad de vivir como uno es y en el orgullo por la propia identidad.

Javier Bendezú

4 de mayo de 2026

Crítica: KORTAS MIÉRCOLES - ABRIL


Cuatro motivos para sonreír en abril

Las cuatro obras de Kortas de los miércoles de abril en el Teatro Barranco fueron ¿En qué puedo atenderlo?, Casting de egos, ¡Amiga, te ghostearon! y ¿Por quién vota Fredesvinda?

Abrió la noche Casting de egos, escrita por Juan José Oviedo y dirigida por Diego La Hoz, en la que la experiencia en las tablas de Cecilia Tosso y Viviana Andrade nos permitió gozar del “conflicto” entre dos actrices que postulan para un desconocido papel y cuya resolución resulta tan hilarante como las puyas que se regalan durante el desarrollo de la obra. Un texto muy sencillo y un tema recurrente en el mundo artístico, pero aún los asuntos más simples pueden dar buenos resultados cuando se cuenta con el talento de dos buenas actrices y una acertada dirección.

Seguimos con ¿En qué puedo atenderlo? de Franco Iza Montoya, que permite el lucimiento actoral de Alexandra Garcés, como una empleada de servicio al cliente por teléfono, de esas que odiamos cuando no nos resuelven los problemas y de pronto llega alguien (Enrique Scheelje) que la sacude con una condición física absurda. No es la muerte sino la inmortalidad la que cuestiona el sentido de la vida. Momento crucial a donde llega una obra cómica y breve. Hecha la reflexión, la obra concluye con un final inesperado, pero crítico y divertido. La dirección es de Miguel Seminario.

La tercera obra, de Daniel Flores Farías, fue ¡Amiga, te ghostearon!, que empieza con mucho brío, con música y baile como marco de un fantasioso asalto que “sufrimos” los espectadores por una pareja de absurdos ladrones que se ve interrumpido por los pesares y conflictos románticos de la protagonista (Briana Campos, en un excelente desempeño), pese a los esfuerzos de su compañero de fechorías, Rayser Smith (con quien hacen un buen dúo en escena). La obra es divertida y bien realizada. Sería mejor si evitaran (y otros grupos también) las reiteradas referencias al lugar (Teatro Barranco) o al oficio (los “actores o actrices” en tercera persona), porque son como chistes trillados. Completa el elenco Daniel Gutiérrez, quien aparenta ser alguien del público tomado desprevenidamente, aunque es tan evidente esa ficción que llega a funcionar del todo. 

Cerró la noche ¿Por quién vota Fredesvinda? del conocido dramaturgo Eduardo Adrianzén, bajo la dirección de Rodrigo Chávez Terrones. Con un lenguaje que nos recuerda la comedia del siglo pasado, la obra nos ubica en un momento histórico muy significativo: la primera vez que las mujeres votaron en el Perú (1956) y con una fugaz mirada descubre elementos que aún se repiten, especialmente en el desencuentro entre clases sociales frente al poder. Las actrices Jessica Vicharra, Kiara Valkiria y Melany Soto se encargan de contarnos esta historia en tono de comedia.

Como todos los martes y miércoles de cada mes, el Teatro Barranco nos ofrece obras cortas, con la presencia de artistas, dramaturgos y directores mayormente peruanos, unos conocidos y otros no tanto, pero que igualmente brindan un espectáculo que va ganando cada mes en experiencia, público y calidad. En esta oportunidad, vale destacar el equilibrio logrado entre las obras presentadas. Esperamos que el nivel de exigencia para la selección sea cada vez mayor, en beneficio del teatro nacional.

David Cárdenas (Pepedavid)

4 de mayo de 2026

domingo, 3 de mayo de 2026

Crítica: ROBERTO ZUCCO


Intensidad actoral en una puesta que se diluye

Dentro del Nuevo Teatro Julieta emerge la figura de Roberto Zucco, asesino en serie que da cuerpo al clásico episódico de Bernard-Marie Koltès. Bajo la dirección de Ximena Arroyo y Haysen Percovich, esta propuesta funciona como muestra final del primer taller del Teatro Julieta, con un elenco integrado por egresados.

La dirección evidencia intenciones claras en ciertos pasajes, pero no logra sostener una línea consistente. El texto, lejos de condensarse, se dilata innecesariamente y termina por erosionar la acción dramática. A ello se suma el uso de recursos escénicos que, en lugar de potenciar la puesta, la recargan y dispersan su foco.

El mayor acierto recae en el trabajo actoral. El elenco sostiene una escucha activa que permite dinamizar el ritmo, y el intérprete de Roberto Zucco construye una presencia verosímil, con un realismo que captura la atención y articula la experiencia escénica.

Enfrentar este texto no es menor, y los actores logran sostener su complejidad; sin embargo, la propuesta carece de un marco que ordene sus decisiones. Aun así, el público se deja arrastrar por el recorrido del protagonista, impulsado por un trabajo corporal consistente.

Se percibe una intención de alcanzar un acabado profesional, pero la dirección de arte no acompaña ese objetivo. Por el contrario, los elementos escénicos entorpecen la limpieza de la propuesta, que encuentra mayor fuerza cuando se apoya únicamente en la actuación.

Un montaje que funciona como ejercicio formativo y evidencia intérpretes capaces, pero cuya resolución escénica queda atrapada en la indefinición

Juan Pablo Rueda

3 de mayo de 2026

viernes, 1 de mayo de 2026

Crítica: NOCHE DE CREADORAS - ABRIL


De todo un poco y un poco para todos

Es la segunda vez que puedo acudir a la Noche de Creadoras, iniciativa de Jen Aguirre Woytkowski que busca dar vitrina a artistas -tanto consagrados como emergentes- en una propuesta que integra diversos espectáculos artísticos breves en el contexto de una noche típicamente bohemia barranquina. Casa Bulbo, ubicada a pocas cuadras de la Plaza de Armas de Barranco, es el espacio designado para dicho fin. La noche arranca y el ambiente es inmediatamente acogedor y dinámico. Música, tragos, arte; todos los ingredientes para una gran noche están ahí. Pero, ¿qué hay de las obras seleccionadas para la edición de abril? ¿Encajan dentro de esta atmósfera fiestera y relajada, o es que desentonan y se sienten fuera de lugar en ella? 

Cuando estuve por aquí a inicios de marzo salí bastante contento con la selección de propuestas escénicas, todas ricas en diversidad, contenido y enfoque. Es satisfactorio constatar que el filtro de las creadoras ha mantenido su rigurosidad al traer ahora tres nuevas propuestas que no solo cumplen con los estándares mínimos de un espectáculo escénico, sino que brillan con luz propia y logran encontrar su propia identidad y especificidad.

Invocación Blanca Varela da inicio al recorrido artístico de la noche trayendo poemas de la aclamada escritora y poeta peruana al escenario en una propuesta performática intensa, interactiva y kinestésica. Micaela Távara (quien también dirige el montaje) y Jazmín Labrín son las actrices que prestan sus cuerpos y sus voces a la poesía de Varela en un montaje que desafía las nociones clásicas de la estructura dramática. Las intérpretes interactúan entre ellas, pero también miran directamente al público. Adoptan poses estáticas, pero también corretean desesperadamente por el escenario. Susurran frases, pero también las gritan a voz en cuello. Hacen movimientos ondulantes, pero también erráticos mientras recitan la poesía de la afamada peruana. Para alguien que conoce el trabajo de esta poeta, estoy seguro que este montaje fue una delicia; pero quizá el mérito principal radica precisamente en la reacción que ocasiona en alguien que, como yo, no estaba familiarizado con él. Más allá de abrirme el panorama e incitarme a conocer más de Varela, este montaje me deja con la sencilla, pero potente realización de que ver a dos actrices comprometidas al cien por ciento con sus acciones, objetivos y movimientos, nunca va a dejar de ser interesante. La propuesta, que además hace un uso efectivo del formato circular, se siente como una montaña rusa. Inicia con cierta quietud, mientras va elevándose, y luego, cuando llega el momento del inevitable descenso, no te suelta hasta el final. 

En Medea, es tu momento, una actriz (Daniela Zea) y una asistente de dirección (Marianne Carassa) se enfrentan en un duelo de palabras en el que se revelan las motivaciones ocultas de cada una; sobre todo las de Carassa, quien interpreta al personaje que sufre la transformación central en la obra. Esta simpática microobra funciona, en primera instancia, gracias al texto de Federico Abrill, el cual más allá del dinamismo y la organicidad, encuentra su mayor virtud en la autorreferencialidad. Debido a que los personajes habitan dentro de un universo teatral ficticio, Abrill aprovecha para desmenuzar de forma muy divertida el quehacer teatral. Desde las motivaciones que tiene un personaje, hasta el uso de los matices actorales erróneos, pasando por la revelación de la dura realidad de una actriz que además es madre, y el deseo latente de una asistente de dirección por encontrar su momento de brillar. El texto va un paso más allá incluso y logra conectar el monólogo de Medea (extraído de la reconocida obra de Eurípides) con el drama interno de uno de los personajes, haciendo que la inclusión de dicho texto griego no sea para nada gratuita, sino precisa y necesaria. Actoralmente hablando, las actrices tienen un desempeño correcto. Hay escucha y juego entre ellas, también un ritmo adecuado entre sus diálogos que permite que cada texto cale, pero me da la impresión que la dirección (a cargo de Micaela Valdés), particularmente la dirección de actores, pudo haberse trabajado aún más, quizá llevándola más al extremo, elevando la urgencia, o en todo caso unificando un poco el código (por momentos el naturalismo coqueteaba un poco con la farsa). Aún así, es difícil fallar cuando hay un texto tan sólido que te ampara. Y si a esta ecuación añadimos el carisma natural de ambas actrices tenemos, definitivamente, una operación exitosa.

Las cuñadas aporta el momento más desenfrenado y pícaro de la noche. Optando por el formato teatral clásico (en el que el público está de un lado y el elenco del otro), esta obra apuesta por yuxtaponer dos vínculos intrínsecamente relacionados, pero no comúnmente abordados: el de dos amigas que se convierten en cuñadas, y el de un hermano y una hermana que deben dejarse ir el uno al otro cuando uno de ellos se casa. Lo que debería haber sido un día perfecto se convierte en una auténtica pesadilla cuando el novio (Dante del Águila) sufre una caída severa en plena celebración rompiéndose el brazo. Dicho impase ocasiona una feroz batalla entre la novia (Tania López Bravo) y la hermana del novio (Gia Rosalino). La segunda no solo culpa a la primera por haber ocasionado este accidente, sino que no tarda en revelar sus reservas en cuanto a las recientes nupcias de su hermano, llegando incluso a sugerir la anulación del matrimonio, desatando la furia de su nueva y flamante cuñada. La obra escrita por María Paula del Olmo se sostiene principalmente gracias a su elenco y a la dirección de Federico Abrill. El texto en sí no es para nada malo. Digamos que cumple con todos los requisitos indispensables para que un texto dramatúrgico satírico funcione. Pero a pesar de su interesante premisa, termina recorriendo territorio muy conocido; poco o nada en las interacciones o diálogos suena o parece realmente nuevo, específico o sorpresivo. Del Olmo cae en lugares comunes y parece querer deliberadamente quedarse ahí haciendo que la historia, aunque divertida, sea predecible prácticamente hasta el final. Sin embargo, debo destacar que Dante, Tania y Gia estuvieron estupendos en sus papeles, elevando mucho el material. Los tres mostraron mucho dominio de la comedia física, excelente timing cómico, efectiva particularización de la palabra a favor del humor, y conexión y escucha tangible entre ellos. Abrill por su parte, conduce el ritmo y unifica el código actoral de forma satisfactoria, e hilvana las entradas y salidas de los personajes de tal forma que le da dinamismo y chispa al montaje.

En líneas generales, fue otra gran noche gracias a las creadoras. O, mejor dicho, fue otra gran Noche de Creadoras. Se necesitan y se agradecen los espacios como este en los que distintas disciplinas artísticas pueden confluir y coexistir de forma armoniosa, y que además nos invitan a compartir nuestras impresiones sobre lo que hemos visto y experimentado al ritmo de buena música y bebiendo un rico coctel. Una de las partes más divertidas de ir al teatro, después de todo, es hablar de él, y Casa Bulbo ofrece un estupendo telón de fondo para hacerlo. Lastimosamente, todos los montajes de los que hablo en esta crítica llegaron a su fin de temporada el día que asistí a verlos, así que no me queda más que recomendar a todos estar muy atentos a la revelación de la cartelera que las creadoras tienen lista para mayo. Yo ciertamente lo estaré. ¿Nos vemos ahí?

Sergio Lescano

1° de mayo de 2026