domingo, 25 de marzo de 2018

Crítica: ANFITRIÓN


Trampas divinas y mortales

Dentro de una etapa donde el teatro peruano está adquiriendo cada vez más variedad de propuestas escénicas, La Alianza Francesa y SOMA Teatro nos traen una versión adaptada de Anfitrión de Moliere y Plauto y Von Kleist, como señalan sus directores Daniel Amaru Silva y Rodrigo Chávez. La obra nos traslada a la ciudad de Tebas, donde las mujeres han mantenido una huelga sexual que solo será levantada cuando los hombres  ganen la guerra. El general Anfitrión (Rolando Reaño)  vuelve a casa de la guerra, acompañado de su esclavo Sosías (Alaín Salinas).  Lo que nadie sabe es que Zeus, con ayuda de Hermes (Sergio Paris), se ha hecho pasar por el recién llegado héroe para seducir a Alcmena (Natalia Cárdenas). Esta situación crea tal confusión que Cleantis (Alexa Centurión) e incluso la diosa Hera (Tatiana Espinoza) interviene en el asunto, harta de las aventurillas de Zeus en la tierra.

La obra se inicia con una fresca bienvenida del personaje de Hermes, quien de manera lúdica nos inaugura lo que veremos en escena, además de interactuar con el público a modo de maestro de ceremonias. El uso de esta recepción es una pieza clave y bien usada para entender en dónde quieren los directores que pongamos atención en la obra: esta no es solamente una comedia de enredos, hay algo más que el espectador podría darse cuenta o no. Por otro lado, el uso de vestuarios totalmente cotidianos funcionó para darle frescura a la puesta en escena, sin necesidad de haberse ceñido a evocar una época distinta. El uso del mismo vestuario, ya sea entre Anfitrión – Zeus o Sosías - Hermes, era más que suficiente para entender el enredo.  Los personajes se sintieron cercanos, en ningún momento hubo sobreactuaciones a las que se suele recurrir en relecturas de comedias como esta.

El personaje de Hera, quien recién hacia el final podemos conocer mejor, es quien se encarga de redondear claramente la propuesta de esta adaptación. En el momento en el que se resuelve el enredo, los actores rompen sus personajes y van denunciando males sociales desde sus puntos de vista: advertencias  de la situación de la mujer en la vida cotidiana, de cómo son vistas y de cómo pueden aportar a que esto deje de pasar. Sin embargo, también vemos una respuesta de personajes como Zeus, quien deja claro que no ha tomado en serio ninguna de las afirmaciones anteriores.

Esta propuesta nos trae a escena modos de pensar reales y contradictorios entre ellos, por lo que podría decirse que es una puesta en escena con una trampa escondida: por un lado, tenemos la comedia en sí, y la construcción de cada personaje que corresponde a un cierto estereotipo definido de la mujer y del hombre. Por otro lado, vemos que los actores rompen el personaje para decirnos que la situación de desigualdad entre hombres y mujeres no debería continuar, pero vemos que las cosas siguen su curso aparentemente. La presencia de estas dos vertientes es precisamente lo que los directores quieren que veamos, una situación en la que el público decide para qué versión inclinarse. Como dice el personaje de Hermes hacia el final, no todos van a tener la posibilidad de reconocer el problema del que se habla.

Stefany Olivos
25 de marzo de 2018                                 

1 comentario:

Luisella Dextre dijo...

Exactamente, buena crítica.