martes, 13 de junio de 2017

Crítica: CURANDERO

Teatro con identidad

Somos testigos de una solvente plasticidad en “Curandero”; una transformación agresiva del escenario y un viaje dramático inusual, que nos posibilita el silencio de “La Parada”, sus dolores y enigmas entre el caos y el trabajo.

Angeldemonio Colectivo Escénico, a sus 16 años, es coherente en formas y conceptos. Además del carácter ontológico de la puesta, esta adquiere un poderío extra, al mostrarnos la esencia de una Lima nuestra, dispuesta allí para quienes la conocen y caminan. 

La metáfora se hace táctil en cada paso, nos llueve la suerte en forma de baraja, se nos da la maldición dentro de un huevo brujo o nos inunda el color vivo de un “tico tico”; y a pesar de la sutileza, la dirección de Ricardo Delgado y su conjunta dramaturgia con Daniel Dillon, han enfrentado al espectador con una parte fundamental, nuestras creencias populares, nuestro ritual casero, nuestra medicina ancestral.

“Curandero”, opta por una experiencia escasa en diálogo para dar paso a la imagen y el sonido, Augusto Montero, es el actor que sostiene y elabora en unión con Abel Castro (Composición Sonora) e Igor Moreno (Luces), esta serie de intervenciones espaciales, a las cuales se les suma una variante de objetos, brillantemente escogidos en utilidad y significado.

Montero, lleva consigo el ritmo de las escenas en una entrega física plausible y arriesga en cada momento de su performance, colocándose en situaciones de inestabilidad permanente, lo que invita al espectador entregado, a respirar junto con él, como quien observa a un trapecista soltarse del manubrio. Por otro lado, al ser “Curandero” una obra que casi no verbaliza, la contundencia de los pocos diálogos se disipa en la gestión del actor.

La expresividad lumínica y sonora, nos adentra en una historia que se oscurece. Iniciando con el tono tenue de una luz cenital sobre el personaje enmascarado, de ojos ennegrecidos, que se sostiene sobre una música popular y estrepitosa. Continuando con los fuertes contrastes de las luces laterales que denotan un ser humano dividido, tanto en su expresión como en sus sombras duras sobre  la pared. Y finalmente, mencionar la sensación de los colores que se mezclan en “Curandero”, la elección de ese amarillo que parece un sepia sobre el personaje o del rojo que trabaja en contraste.

El final es poderoso como lo merece la historia. “Curandero” aprovecha los recursos del teatro para generar significado y emoción, no se encasilla en la interacción interpersonal, sino que explora, es un trabajo sensible y artesanal, con el profesionalismo de teatristas con identidad.

Bryan Urrunaga
13 de junio de 2017

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