sábado, 4 de marzo de 2017

Entrevista: CLAUDIO CALMET

“Qué privilegio de chamba el poder tocar el espíritu de la gente”

Lo vimos en sentidos y complejos dramas como El Dragón de Oro (2011), El último fuego (2012) y La eternidad en sus ojos (2013), así como en divertidas comedias como Lo que nos faltaba (2015) y La estación de la viuda (2016). Claudio Calmet, ganador del premio del jurado del Oficio Crítico como el mejor actor de Comedia por la última obra mencionada, no desaprovecha cada oportunidad que tiene para demostrar su versatilidad en el escenario. “Creo que la vena actoral la tengo desde pequeño”, recuerda Claudio. “Mi madre estudió Arte Dramático en Trujillo, ejerció durante un tiempo, hizo giras y por esas casualidades del destino vino a Lima a trabajar en una chamba de oficina”. Si bien es cierto, su madre interrumpió este primer sueño de seguir haciendo lo que siempre le había apasionado, ahora se siente muy orgullosa de los logros conseguidos por su hijo. “De niño imitaba mucho a políticos en reuniones familiares, hacía mis propios ‘stand-ups’; mis referentes eran programas como Risas y Salsa y después pasaba sombrero. Mucha gente me pedía que imitara, a tal punto que estuve imitando en un velorio, al lado de un féretro”, recuerda.

En su colegio, Claudio no perdía oportunidad de participar en cuanto evento o dinámica se realizara, especialmente cuando ocasionalmente se abrían talleres de teatro. “Tenía un profesor de inglés (José Zegarra) que nos hacía elaborar pequeñas obras teatrales de 10 a 15 minutos en inglés y me grupo siempre era el más destacado y el más esperado. En realidad, mi madre como que nos dirigía en casa. Esa experiencia me marcó mucho”. Posteriormente, Claudio llevó un taller de verano en el Instituto Charles Chaplin, a cargo de Danae Saco Vértiz. “Era el verano de 1994 y estuve en una pequeña presentación en la Alameda Hacienda Club con El Fantasmita Pluff. Me gustó mucho. Pero te hago una confidencia: terminado el taller, fui a la Feria del Hogar y vi que se estaba presentando en el auditorio El Fantasmita Pluff, entré de sapo y cuando vi la obra en el escenario me sentí como medio golpeado, desilusionado por no estar allí. Recuerdo que me dije que no volvería a hacer teatro en mi vida, a tal punto que tuvieron que pasar 12 años para que me vuelva a animar. Ya tenía la espina, el bichito siempre estuvo ahí”, recuerda.

Sus pininos en las tablas

Claudio estudió Comunicación Audiovisual en la Universidad Católica, pero a la par llevaba cursos de Artes Escénicas como alumno libre. “En aquel entonces (2005) caminaba por la avenida Larco, me había peleado con mi enamorada de entonces y veo en las afueras del Centro Cultural Ricardo Palma que estaban haciendo audiciones para formar parte de la Compañía de Teatro de la Municipalidad de Miraflores con Leonardo Torres Descalzi”. Claudio entró (de “sapo” otra vez), le dieron un texto y lo invitaron a leerlo o interpretarlo en escena. “A la semana siguiente ya estaba ensayando una obra y enfrentándome a un público”, recuerda sorprendido. “Era teatro aficionado, es cierto,  pero con muy buenos valores y tuve muchos amigos con talento”. Actuar a las órdenes de Torres Descalzi, un experimentado actor y director, fue toda una experiencia para Claudio. “Teníamos funciones solo los jueves en temporada. Arranqué con un entremés de Cervantes, El viejo celoso, estuvimos un mes. Después hice Ramón de Sergi Belbel, una obrita de 15 minutos, pero que duró como 7 a 8 meses en temporada, tengo entendido no se había dado nunca antes en el tiempo que tenía la compañía”. En dicho montaje, Claudio interpretaba a un esposo en crisis con su pareja, la cual era actuada por cuatro actrices. “Fue una puesta medio arriesgada, viniendo de Leonardo, que era un director de un estilo conservador. Pero tuvo pegada; eso sí, había días buenos y malos: una vez recibí 80 céntimos, pero todo se hacía por amor al teatro y qué mejor que vivirlo con un grupo de gente apasionada por la actuación”.

Y si bien dentro de la universidad Claudio ya había llevado un pequeño taller con Gustavo Cabrera (actor y reconocido cuentacuentos) en uno de los salones, un acercamiento más profundo al teatro lo tuvo con Leonardo Torres Vilar. “Leonardo Torres Descalzi me recomendó con su hijo Leonardo”, rememora Claudio. “Fue una etapa distinta, que consistió en un año de preparación muy interesante. Leonardo fue un gran profesor, ya que empecé a tomar la actuación como una carrera”. Llevar este taller le acarreó a Claudio algunos problemas con su universidad, la cual les prohibía a sus estudiantes realizar actividades teatrales por fuera, debido a una suerte de política de exclusividad. “Pero a mí no me debería afectar, porque era de Audiovisuales. Sin embargo, nunca tuve problemas con mis profesores por allá, pero sí considero que tal vez existen ciertas políticas que me parecen o parecían algo absurdas”.

Claudio entró al taller con Leonardo Torres Vilar y recibió una invitación que no pudo rechazar. “Leonardo realizó un montaje profesional, Julio César (2005) y fui el único alumno que fue invitado como tal, a formar parte de ese elenco, conformado por Oscar Carrillo, Carlos Mesta, Mario Velásquez y los dos Leonardos, padre e hijo”. Para Claudio, existe un antes y un después en su carrera actoral con el mencionado taller. "Muchos arrancan y pocos terminan, no todos se meten pensando en que serán actores”, reflexiona. “Ese taller creó en mí la consciencia que esto era lo mío. Eso se siente desde que estás en el escenario. Con Leonardo padre comprobé que el teatro es peligrosamente adictivo; luego, con Leonardo hijo, lo reafirmé”. Definitivamente, como menciona Claudio, es imposible no contagiarse de ese amor que Leonardo hijo le profesa a esta profesión. “Ver la relevancia que le da: eso me convenció que esto era lo que yo quería. Otros compañeros de taller, como Mijail Garvich, Raúl Sánchez o Patricio Villavicencio, también están vigentes y se dedican a la actuación”.

Las temporadas con primeras actrices

Una de las primeras obras profesionales de Claudio fue Los árboles mueren de pie (2008) de Alejandro Casona, con egresados del taller de Leonardo. “Fue una creación colectiva, pero en realidad la dirigió Rosa Wunder, con toda la sapiencia que tenía. Fue su última obra, en el sentido que era una dedicada a ella”. Claudio reconoce que Wunder fue una de las grandes inspiraciones de su vida. “Siempre le voy a estar agradecido a este lindo oficio, por haberme permitido ponerme al lado de personas con un bagaje y un espíritu tan bello, tan rico y tan grande. Ella ha sido mi mentora espiritual, tanto así que todas las temporadas que tengo yo se las dedico, en los agradecimientos está ella”, agrega.

“¡Qué importante es hacer obras con gente de tu propio taller!”, exclama Claudio sobre la puesta en escena de Cuadros de Amor y Humor al fresco (2010), que dirigiera Pold Gastello en el Teatro Mocha Graña. “Fue un éxito rotundo, como también pasó con Los árboles mueren de pie, pero digamos que abarcaba un universo más grande de público, ya que fue una comedia de escenas que tenía un hilo conceptual: el amor no correspondido”. Gracias a la presencia de Gastello, tanto directores y productores, como Jorge Villanueva, Michel Gómez y Michelle Alexander, alcanzaron a ver la puesta. “Así pude estar en series como La Perricholi y en otros proyectos teatrales, como participar en El Dragón de Oro del colectivo Ópalo. Villanueva se la jugó conmigo; Marcello (Rivera, también fundador de Ópalo) no estaba muy seguro, pero me hicieron casting y quedé”. Claudio logró así su primera nominación como mejor actor de reparto por el Oficio Crítico 2011.

Posteriormente, Claudio volvería a ser nominado como mejor actor de reparto por la excelente La eternidad en sus ojos, al lado de la primera actriz Sonia Seminario. Y recibiría finalmente el premio del Oficio Crítico por su destacado trabajo en La estación de la viuda, al lado de otra primera actriz, Lucía Irurita. “He tenido a tres grandes mujeres en mi vida actoral: Rosita Wunder, Sonia Seminario y Lucía Irurita; no sé qué estaré haciendo, pero los Dioses del Teatro me han puesto en el camino de estas tres grandes mujeres”, menciona Claudio. “Para mí es sumamente especial acompañar a Lucía en su última obra. Siempre lo he dicho: es una institución del teatro nacional. Tiene un corazón tan grande, es una dama, una señora a carta cabal. En este momento de mi vida actoral, ella se la jugó también por mí, porque Cécica (Bernasconi, hija de Lucía y administradora del teatro)  tampoco estaba muy segura (risas). Quiero mucho a las Bernasconi”.

Futuros proyectos

Claudio estará participando en una comedia escrita por Giuseppe Albatrino en el Centro Cultural Ricardo Palma en el mes de mayo, nuevamente al lado de Sonia Seminario y con Claudia Dammert y Lía Camilo. “Será una comedia muy ligera, nos vamos a divertir un montón”. Pero antes, Claudio volverá a compartir escenario con Irurita, en la reposición de La estación de la viuda este mes, para cerrar la temporada interrumpida el año pasado como una actriz de su talla se merece. “Estoy muy agradecido por esta oportunidad que se me ha dado”.

Son 10 años que Claudio cumple sobre las tablas. “Una vez escuché que para considerarse un actor, tenían que pasar 60 años”, comenta. “No sé, yo siento que esto reafirma mi convicción que esto es lo mío y que es un privilegio el haber encontrado lo que me hace feliz, lo que uno ama. Cuando estoy en el escenario estoy completo”. Si bien es cierto, Claudio se mueve en el ámbito teatral, siempre ha habido gente que espontáneamente reconoce su trabajo. “Valoro más cuando me saludan porque me han visto en tablas; es mejor que si te han visto en un comercial o en una serie. Qué privilegio de chamba el poder tocar el espíritu de la gente. Siento que estoy haciendo algo bueno por lo demás”, concluye.

Sergio Velarde
4 de marzo de 2017