lunes, 20 de marzo de 2017

Crítica: A PUERTA CERRADA

Resultados entreabiertos

No, señor(a). Usted no se equivoca. La foto es de la nueva versión del clásico de Sartre, A puerta cerrada (Huis clos, 1944), que viene presentándose en el Teatro Racional de Barranco.

Texto de importancia capital, A puerta cerrada constituye acaso el pico más alto de la genialidad del autor existencialista francés, quien se dio el lujo de rechazar, por sus profundas convicciones, el Premio Nobel de Literatura en 1964. Las complejas ideas de Jean-Paul Sartre, en plena Segunda Guerra Mundial, podrían considerarse como esenciales preocupaciones existencialistas plasmadas en su obra, como por ejemplo, que son nuestros actos y no nuestros pensamientos los que determinan nuestra esencia; o de que es la mirada de los otros la que finalmente nos puede salvar o condenar, y contra ella no valen las justificaciones con las que intentamos engañarnos a nosotros mismos: un concepto que se revela maravillosamente en aquella frase para el recuerdo: "L'enfer, c'est les Autres" o “El infierno son los otros".

Sartre nos presenta en A puerta cerrada su propia versión del infierno: uno particularmente burocratizado, lleno de pasadizos y habitaciones. Hasta allí llegan Garcin, Inés y Estelle, quienes son conducidos por un misterioso mozo a un salón estilo Segundo Imperio, que cuenta con tres muebles, una estatua de bronce sobre una chimenea y un cortapapeles. Sin poder salir, el trío no hace otra cosa que hablar unos con otros, mientras observan a través de las paredes cómo sus familiares y amigos se olvidan de ellos. Allí descubrirán que son pecadores y que están condenados por toda la eternidad. Garcin es un cobarde que traicionó sus ideales y maltrató a su mujer. Inés es una lesbiana que indujo a la muerte a sus seres queridos. Y Estelle ha matado a su hija, engañado a su esposo y necesita la urgente compañía de un hombre. Los protagonistas de A puerta cerrada resultan ser sus propios verdugos en aquel claustrofóbico y sofocante lugar. Lamentablemente, la actual puesta en escena (o adaptación) no le hace justicia a un texto de semejante calibre.

De acuerdo a la nota de prensa, esta nueva actualización de la obra de Sartre busca incidir en la necesidad del hombre actual por tener una identidad individual, en medio de la globalización y el internet; pero este concepto es apenas perceptible, dentro de la desordenada estética elegida por el director. Convertir al salón en un aula de escuela inicial actual (con piso de rompecabezas de colores incluido) y al mayordomo en una niña, interpretada por la actriz Angie Cuba (¿acaso no hay niñas actrices  en la capital?), resulta inexplicable o no aporta nada concreto al objetivo mencionado, como tampoco que Garcin aparezca desmayado en el piso antes de empezar el montaje y los demás personajes, por la puerta; o que la niña aparezca intermitentemente a lo largo de la puesta; o que el momento cumbre, cuando la puerta por fin se abre y nadie decide salir, pase completamente desapercibido. Por otra parte, falta coherencia en los vestuarios (especialmente, el de Inés frente a los otros dos) y en el maquillaje. Los cambios de luces son apenas perceptibles y deben afinarse. 

Los actores Mirtha Ibañez, Carla del Solar y Yamil Sacin lucen, al menos, encaminados (especialmente las damas), pero ninguno logra darle el peso requerido a estos tres antológicos personajes, que serían un regalo para cualquier actor experimentado. El siempre ocupado Manuel Trujillo, que venía de dirigir el año pasado la irregular Entre dos puertas (puesta con temática similar), sí arriesga en esta A puerta cerrada, pero nuevamente deja un montaje con resultados medianos y entreabiertos, dentro de las enormes posibilidades que prometía este texto del siempre genial Sartre.

Sergio Velarde
20 de marzo de 2017