jueves, 2 de marzo de 2017

Crítica: AMBICIONES

Tibia comedia en ciernes

De un tiempo a esta parte, debido acaso a la escasez de salas y al grosero aumento de entusiastas egresados de innumerables talleres de actuación de diverso calibre, los colectivos teatrales independientes están condenados a presentar temporadas cada vez más reducidas en número de funciones. Atrás quedaron los varios meses en cartelera que todavía se dan el lujo de tener algunos elencos en los teatros Marsano, Británico y otros más. Pero este fenómeno de las minitemporadas ya viene ocurriendo en muchas salas, especialmente en el “democrático” Teatro Auditorio Miraflores, con funciones diarias para todos los gustos y horarios. Y así sean solo cuatro funciones, debería haber una responsabilidad por parte de los grupos de presentar espectáculos de calidad y no limitarse al único afán de conseguir funciones vendidas. Pues bien, allí se estrenó la puesta en escena de Ambiciones, comedia dramática actuada, escrita y dirigida por Gianfranco Mejía, responsable también de Fiesta de promoción (2016).

Mejía nos presenta, en poco más de una hora en tiempo real, una dilatada conversación entre siete varones en crisis económica que se encuentran en la casa de uno de ellos. Sin dinero ni planes interesantes a la vista, comienzan a discutir sobre cómo salir de la pobreza, poniendo en el tapete disparatadas soluciones, algunas de ellas rayando con el crimen puro y duro, sin medir sus ambiciones. Con una austera escenografía y una estética plana, el supuesto realismo que el director quiere otorgarle a su puesta se resiente con la caracterización de los personajes, algunos bien bosquejados y otros, en el borde del estereotipo. El oficinista amargado (Hernán Sotomayor), el estudiante ingenuo (Arnold Canelo), el convenido jefe de casting (Eduardo Velarde), el agente de seguridad de una discoteca (Darío Galvez), el eterno universitario (Sergio Muñoa), el mozo conformista (Antonio Ordoñez) y el vago bueno para nada (el mismo Mejía) se turnan para dar sus puntos de vista, mientras deambulan por el espacio en medio de alcohol y drogas.

A pesar de sus deficiencias, el montaje se deja ver por el tema elegido por Mejía, que es de total actualidad y pertinencia, y que sorprende en cierta forma por la manera tan directa en ser presentado en escena. Ajustar, eso sí, varios detalles que van desde el vestuario hasta la manera correcta de usar la puerta imaginaria, pasando por algunas sobreactuaciones que podrían ganar más en contención. Esta obra Ambiciones, todavía tibia y en proceso, presentada por Mever Producciones, puede ganar puntos al replantearse, tomando en cuenta que el teatro debe ser la estilización de la realidad. Mejía y compañía sí demuestran que hay aptitudes y potencial en su elenco para presentar en el futuro productos más arriesgados y estéticamente superiores.

Sergio Velarde
2 de marzo de 2017