lunes, 27 de febrero de 2017

Entrevista: EDUARDO CAMINO

“No olvidemos que existe un público al que debemos llegar”

Clausura del amor (2016), escrita por Pascal Rambert y dirigida por Darío Facal, fue un montaje que nos entregó dos de las actuaciones más sentidas y desgarradoras de la temporada. Tanto Lucía Caravedo como Eduardo Camino se lucieron en sus respectivos papeles, Audrey y Stan, dos actores que deciden terminar definitivamente su relación en una sala de ensayos. Ambos recibieron los premios del jurado del Oficio Crítico 2016 para los mejores intérpretes en la categoría Drama. “No tengo familiares relacionados específicamente con las artes escénicas”, refiere Eduardo, quien también se dedica a la dirección de arte cinematográfica. “Pero por ejemplo, mi abuelo fue marino, ingeniero naval, un hombre de guerra que, sin embargo, dibujaba sus propios buques en acuarelas. Y mi madre, que es ama de casa, ha desarrollado por cuenta propia una apreciación por el arte decorativo. Sospecho que he debido heredar algo de eso”.

Eduardo se involucró en el teatro desde muy joven, de la mano de su profesor de teatro en el colegio de La Inmaculada, Paco Solís Fuster. “Fue un profesor muy especial, él era miembro del Teatro del Sol, que dirigió Pipo Ormeño, así que su influencia era la de un teatro expresivo y corporal, con un sentido ritual. Fue un taller poco convencional para ser teatro escolar; fue electivo, pero al alumno se le exigía entrega, concentración y convicción en lo que se hacía. Todos los que estuvimos ahí quedamos marcados por ese proceso”. Posteriormente, Eduardo estudió Comunicaciones e inició su labor como realizador cinematográfico y televisivo. “Luego entré al Taller de Formación Actoral de Roberto Ángeles. Era lo que me debía después de haber conocido al teatro en el colegio, además no estaba muy lejos de lo que había estudiado”. El actor es finalmente un comunicador, así que Eduardo pasó todos los niveles del mencionado taller, combinando su trabajo en la direccion artística con la actuación.

Primeras experiencias interpretativas

“Mi primera obra profesional, fuera del taller de Roberto Ángeles, fue Ya hemos empezado (2003), obra infantil musical escrita por Celeste Viale”, recuerda Eduardo. “La dirigió Vanessa Vizcarra y la presentamos en la Casa Amarilla de Barranco, ahora convertida en una tienda de muebles. En aquella época la administraba DeAbril Teatro y se estrenaron muchas obras”. Pero, sin duda, fue La importancia de llamarse Ernesto (2004), estrenada en el Teatro La Plaza y dirigida por Ángeles, el primer estreno resaltante en la carrera actoral de Eduardo, al lado de experimentados actores como Carlos Carlín, Vanessa Saba, Alfonso Santistevan y Mario Velásquez. “Ese montaje fue mi cuarto nivel del taller con Roberto. Lo principal era la interpretación; tuve un papel protagónico, y además tuve algunas otras tareas que hacer en producción y traducción”. La experiencia fue muy enriquecedora para Eduardo, que pasaba por primera vez por un proceso de ese tipo. “Desde los ensayos, el análisis de la obra, la construcción del personaje, el enfrentamiento con el público. Fue un espectáculo de cierta factura, con uno de los procesos en los que más asustado he estado, pero del cual salí muy satisfecho”. Esta extensa temporada le permitió a Eduardo sentir esa “libertad” que tiene el actor y que para él fue la parte más gratificante de la experiencia.

Para Eduardo, un buen actor de teatro debe “tener entrega, que implica también coraje, valentía, ese desprendimiento que significa dejar salir del cuerpo y mente lo que hay dentro de uno, sin saber si va a ser celebrado o no”. Eduardo considera un verdadero acto de fe el alcanzar cierto desequilibrio emocional accionado por la propia voluntad. “En algún momento hay que desbalancear las cosas para dejar salir cosas que sorprendan”, afirma. También valora mucho la disciplina y la responsabilidad, que son fundamentales para que exista armonía en el grupo, es decir, consideración al compañero en escena, al director, a la empresa que contrata, o al espacio que alberga. “Es importante además, el espíritu de trabajo, sé de montajes que han colapsado por falta de eso; debemos tener ese rigor que tiene cualquier otro profesional, ya sea cirujano, abogado o lo que sea. Tenemos que tener responsabilidad y autocrítica”. En última instancia, Eduardo considera al talento del actor, que nace o se crea en el camino. “Algunas personas quizás no tengan la disciplina o la dedicación, pero hacen maravillas: eso también es talento. Pero hay quienes saben que tienen cierta aptitud y con fe y disciplina consiguen resultados igualmente interesantes. Somos como una materia y nosotros mismos nos esculpimos. El que siente esa seguridad, esa confianza en algo que lo mueve a expresarse, ya tiene suficiente motor para desarrollar un talento”.

Por otro lado, Eduardo asegura que un buen director de teatro debe saber que con la libertad de los actores puede descubrir y obtener lo que quiere. “Cuando es muy honesto y franco, él está ahí para conducir nuestras ideas, más que para decir hagan esto o lo otro. Esa característica puede llamarse generosidad, desprendimiento, dejar hacer y observar”. Asimismo, un director debe tener una visión, observar mucho lo que ocurre en la vida real o en otras puestas en escena, ya que esa visión lo coloca en una dirección. “Debe también tener una técnica para saber contar historias, no solo hay que entretener, sino plantear el conflicto, ofrecer un tema y desarrollarlo a través de personajes que nos hagan reflexionar”. Toda esta dinámica requiere entonces, de conocimientos y técnica. Finalmente, Eduardo rescata la parte humana, en otras palabras, el trato entre director y actor. “Creo que debe ser tu aliado, tu cómplice, hasta tu amigo, si quieres desequilibrarte tienes que confiar. Solo así vamos a tener un teatro muy vivo, para que no nos estemos cuidando las espaldas por detalles superficiales y así el espectador salga de ver una obra tocado o tal vez incomodado”.

El amor se clausura

“Nunca había hecho una obra como Clausura del amor, menciona Eduardo. “Sí había leído textos parecidos, como La noche justo antes de los bosques de Bernard Marie Koltés, que me había provocado hacerlos”. La pieza de Pascal Rambert tiene algunos detalles particulares, como el hecho que los personajes sean actores que se encuentran en una sala de ensayos. “No es gratuito, por ejemplo, el hecho que hable primero uno y luego el otro, hay algo que está manipulado. ¿Esto está pasando realmente? Hay una decisión evidente por parte del dramaturgo sobre su montaje, para hacerlo de esta manera y no como un diálogo”. Para Eduardo, la división en la obra parte de una teatralidad esencial hecha con brocha gorda, para dar a entender esa imposibilidad de comunicación y de tender puentes para conciliar, responder inmediatamente, perdonarse o extender algo de cariño. “Apenas leí el texto, me pareció un reto hacerlo, poder explorar en ese tema. Son varias cosas: la posibilidad de enfrentarse a un monólogo de 55 minutos de duración y que se pueda explorar actoralmente el tema a la altura que exige la dramaturgia”.

Definitivamente, una obra del calibre de Clausura del amor, necesitaba intérpretes que puedan entender su alcance poético. “La valla estaba muy alta”, reflexiona Eduardo. “Para hacer llegar esas imágenes al público y se las dibuje en la cabeza, hay que creérsela muy bien. No es algo que Lucía y yo hayamos capturado desde el inicio, se ha ido dando hasta la última función, abrazar todo ese contenido, esa humanidad, esa universalidad que nos toca a cualquiera”. Eduardo asegura que le gustó que el texto no ahonde en detalles mundanos o cotidianos de pareja, como dejar la tapa del inodoro abierta o una infidelidad. “El texto sugiere una relación, una tensión entre estos dos personajes, con palabras cargadas de violencia que nos hacen ver las heridas. Más allá de las razones cotidianas que se han acumulando, la historia nos muestra a un ser humano abriendo su corazón y cabeza, vomitando a otro ser humano su amor y odio, y al otro respondiendo con el mismo vigor y fuerza”.

Pormenores y proyectos

Eduardo afirma no tener la fórmula para que una puesta en escena sea exitosa, pero sí reconoce que la mirada como teatrista tiene que ser muy sensible a nuestro tiempo y a las expectativas que tiene el espectador. “No necesariamente darle al espectador lo que espera ver, sino presentar obras que se diferencien unas de otras y que esa diferencia sea una virtud”. Una virtud traducida en la certeza de que el espectador tenga la seguridad que cualquier obra que elija ver, le reportará una buena experiencia. “Siento que muchas veces el teatro independiente, en menor escala y según su capacidad, hace eco de lo que se aprecia en las salas mayores o de modelos constituidos en nuestra cultura teatral. Es natural pero hay otros caminos y de esto hay muchos ejemplos. Para nosotros, debe ser una lucha constante por renovarse”. Eduardo afirma que si no viene mucha gente a ver un montaje, pues es porque algo no está funcionando correctamente, a pesar de considerar que todas las obras actuales son apreciables en muchos aspectos. “Creo no se trata solamente de satisfacernos a nosotros mismos por el placer de hacer teatro, de pronto ahí hay un regocijo muy personal y nos funciona para sentirnos bien con nosotros mismos. Pero nos olvidamos que hay un público con el que tenemos que conectar, ya sea en el teatro o el cine comercial. No significa ofrecer cualquier cosa, pero que sí tenga un tema por explorar con que el que el público se identifique y una propuesta escénica que genere impacto e interés".

Este 2017 podremos ver a Eduardo, hasta el momento, en dos importantes montajes en el Teatro Británico: Luz de gas de Patrick Hamilton, nuevamente al lado de Lucía Caravedo en el escenario y Darío Facal en la silla de director; y La tempestad, un clásico de Shakespeare, nuevamente con la dirección de su profesor Roberto Ángeles. También lo veremos en Infortunio en el Teatro de Lucía, escrita por Gino Luque bajo la dirección de Mikhail Page. “Tenemos una responsabilidad con el púbico, contarles historias que se entiendan, que entretengan, que emocionen, ofrecerles un viaje emocional y sensorial que les abra los ojos y estimule su mente. Que valga la pena este encuentro en una sala de teatro o espacio alternativo. No es fácil, es una constante exigencia que nos tenemos que hacer para no bajar la guardia, y pasarla bien, por supuesto", concluye.

Sergio Velarde
19 de febrero de 2017