lunes, 25 de mayo de 2009

Crítica: LA MUERTE DEL ATENEO INMORTAL


La muerte del ateneo inmortal

Elenco: Jane Yogi, Sergio Velarde, Eileen Céspedes y Julio Navarro
Dramaturgia y dirección: Sergio Arrau


Que una obra dependa de la invasión al público para poder desarrollarse, me parece, desde ya, un pésimo punto de partida como dirección, sin embargo el oficio y talento de los bien elegidos actores (los cuatro intachables, caracterización, interpretación, composición) hace que la obra funcione. El problema no está en la mala dirección, ni la ausencia de luces o música, sino en el mismo texto.

Un autor responsable habla de si mismo, pero cuando empieza a hablar del otro, sin conocerlo, merece ser sepultado. Según la obra “La muerte del ateneo inmortal” no hay nada que aprender del hombre provinciano solo por el pecado de no conocer Lima. Eso lo demuestran los personajes “Gualberto” y “Eleuteria” que lejos de ser plasmados como inocentes, son irracionales provincianos que mientras más cultos quieren ser, más se les retrata como bestias. ¿Es eso lo único que conoce del Perú el Sr. Arrau?

El ridículo limeño “Sócrates” dictará una conferencia, antes de empezar lo interrumpen y nunca más sucede nada. Este escaso argumento es rellenado por textos que solo resaltan la barbarie mental de los provincianos y la incapacidad del limeño. El mensaje es el siguiente señores: “De la provincia o de la capital, los peruanos dan risa” acotemos que el inspirado autor no nació aquí. Y claro, la obra es una comedia sobretodo para él, pero que podría generar un drama en la platea si algún público perceptivo va a verla, ya que es una representación injusta, y a uno lo hace preguntarse, si quiere crear un personaje torpe ¿Por qué sacrificar el chullo peruano? Hay muchas maneras de hacer reír a la gente sin meterse con nadie.

Quizá mi interpretación sea riesgosa por tratarse de un autor respetado, y quizá el público no advierta lo mismo gracias al talento de los actores, pero me llama la atención que la obra se siga llevando a escena sin la objeción de nadie, ya que es claro, que existe un prejuicio racial dentro de ese caballo de Troya, y si no es así, creo que el autor debió molestarse en aprender un poco más de éste país antes de escribirla.

Fernando Montenegro
Director teatral

sábado, 16 de mayo de 2009

Crítica: CAUSA COMÚN


Un montaje a destiempo   

Se viene presentando en el Auditorio de la AAA, una obra bastante particular titulada “Causa común”, escrita y dirigida por el novel dramaturgo y director Omar Honores. Y es particular, pues la génesis del proyecto se remonta a la década de los noventa, en tiempos de la dictadura mediática de Fujimori, época en la cual su posible estreno habría adquirido otra significación. “Causa común” fue (es) un llamado de alerta ante el autoritarismo y el abuso de poder, por parte de los dirigentes de turno frente a cualquiera que oponga resistencia y haga valer sus derechos. O por lo menos, pretende serlo. Debemos señalar que, en términos generales, la obra estrenada no aporta nada verdaderamente novedoso a la larga lista de espectáculos de denuncia social, pero al menos sí le hace recordar tiempos pasados a un público que, como en el caso del limeño, es tan propenso al olvido.

Honores, quien ostenta entre sus trabajos previos el haber sido parte del primer “No amarás” (debut teatral de Aldo Miyashiro), pretende AHORA hacernos reflexionar sobre los peligros de otorgarle el poder a las personas equivocadas, a través de una historia urbana, presumiblemente atemporal, bastante sencilla, ingenua y predecible, pero que logra sostener el interés gracias a la puesta en escena, que incluye algunas correctas actuaciones y funcional música en vivo, a cargo del grupo Mortero. Las tribulaciones de un grupo de jóvenes universitarios frente a la dictadura de turno y al secuestro de su líder Tito, pierden parte de su fuerza al descubrirse al traidor demasiado pronto (aparte de ser evidente desde un inicio). Un desliz en la dramaturgia que podría corregirse al presentar las escenas en otro orden. Por otra parte, algunas imágenes resultan acertadas (como la de Tito, encerrado en su celda y arengando contra el gobierno, detrás de tres guardias armados) y otros diálogos aparecen impostados pero divertidos (como la seducción de Rody, uno de los estudiantes, a la novia de Tito).

En términos generales, las actuaciones del elenco, sin ser destacables, cumplen finalmente su cometido. Fernando Montenegro, en el papel protagónico, logra transmitir la opresión y la angustia de verse encerrado y privado de su libertad. Paco Onofre se divierte a sus anchas como el caradura de Rody. Bien Anabella Bellota, sincera y conmovedora como la madre de Tito, así como Roberto Cuba como uno de los dirigentes estudiantiles. “Causa común” puede no ser el montaje perfecto y luce fuera de contexto, pero al menos sirve para recordar a todo aquel que asista a la temporada, sobre una vergonzosa etapa de nuestra historia que de ninguna manera debe quedar en el olvido.

Sergio Velarde

16 de mayo de 2009

jueves, 14 de mayo de 2009

Crítica: PONY


Corrupción política y familiar


Usualmente toda la creación dramatúrgica del premiado escritor venezolano Gustavo Ott, tan entretenida como punzante, utiliza el humor como vehículo para realizar una incisiva denuncia social, pertinente a todo el ámbito latinoamericano. Siguiendo la senda marcada por las divertidas “Bandolero y malasangre”, “Fotomatón”, entre otras notables pruebas de fuego para la versatilidad de los intérpretes, se presentó en la Sala Alzedo dentro del marco del IV Festival UCSUR de Teatro Internacional, la tragicomedia “Pony”, proyecto teatral que venía de ser estrenado en el Festival “Saliendo de la Caja” de la PUCP.

Ott consigue esta vez, un acertado paralelo entre la corrupción dentro de la esfera política (es tiempo de elecciones presidenciales) y dentro del ámbito familiar (una hija es víctima de su padre, su madre y su hermano), todo visto desde la perspectiva de una mujer que pierde emocional y económicamente todo. Excepto la esperanza, representada casi al final por la metáfora del “pony”, tan ingenua como ridícula, que se debe escuchar y procesar con cuidado para entenderla. Mónica (Cecilia Collantes) es la víctima eterna, noble y confiada, que busca desesperadamente ayuda en las personas que (aparentemente) más confía: su familia. Y sus tres integrantes: padre, madre y hermano (todos interpretados por Pold Gastello), cada uno en su particular estilo, no sólo se aprovechan descaradamente de ella, sino que le aseguran que nunca le negarían nada, “ni siquiera una lágrima”. Como lo haría cualquier politiquero en plena campaña electoral.

La puesta en escena, divida en cuatro cuadros, en los que Mónica solicita ayuda a cada miembro de su familia, mantiene el interés gracias al ingenioso texto, rico en referencias urbanas bastante reconocibles, a pesar de conocer de antemano el público que cada uno de los personajes se aprovechará de la cándida muchacha. Es entonces la (re)presentación de cada familiar, en donde radica el factor sorpresa del montaje. Gran trabajo del versátil Pold Gastello, en convincente triple papel, marcando con precisión características específicas para el hilarante clan Morales, a pesar de la impostada réplica de Cecilia Collantes. Tratándose de un proyecto teatral de egresados de la PUCP, se debe reconocer el fino acabado de producción por parte de Collantes y Lenybeth Luna Victoria, así como la limpia dirección escénica de Carlos Andrés La Rosa. “Pony” logra ser una digna representante del humor de Ott, que pone sobre el tapete aspectos de la problemática latinoamericana, tan necesarios para la autocrítica y la reflexión.

Sergio Velarde

14 de mayo de 2009

miércoles, 13 de mayo de 2009

Crítica: CUATRO HISTORIAS DE CAMA

Verdades al desnudo

Elásticas, eléctricas, plegables, redondas, turcas, de agua. Las camas, en toda su variedad de presentaciones, cumplen una función crucial en nuestras vidas. Y no sólo por pasarnos en dicho mueble varias horas de nuestro día, sino porque se trata de una superficie, a veces acogedora a veces incomoda, en la que se pueden realizar innumerables actividades, no necesariamente destinadas al ocio. Y una de ellas, quizás la más peligrosa al estar acompañados, es la de revelarnos tal como verdaderamente somos. El dramaturgo Eduardo Adrianzén nos propone algunas de esas situaciones en Cuatro historias de cama, dirigida por Diego La Hoz y presentada en el marco del IV Festival UCSUR de Teatro Internacional, con las actuaciones de Camila Mac Lennan, Nidia Bermejo, Alonso Cano y Juan Carlos Pastor, en la acogedora Sala Alzedo en el Centro de Lima.

En la obra, dividida en cuatro cuadros, la cama se convierte en refugio para un joven traumado, en campo de batalla para dos amantes, en lecho de muerte para una enferma terminal y en escenario de un imprudente secreto. Y son las verdades de estos seres, junto con las de sus acompañantes, las que salen a relucir, originando los diversos conflictos. Tratándose de una obra con cuadros “aparentemente” independientes, no es de sorprender el encontrar un desnivel al momento de llevarla a escena. Y Cuatro historias… no es la excepción. La mejor es la tercera historia: la conversación entre dos hermanas, una sana y otra enferma, sobre su conflictiva vida en común. Bien escrito y resuelto actoralmente con mucho brío, este cuadro vale el completo visionado de la obra. Le siguen de cerca la primera (un singular blogger obsesionado con su engreída ex pareja) y la segunda (una pareja de novios enfrentando sus más grandes temores), provistas ambas de diálogos inteligentes y divertidos. La decepción resulta ser la última, en el que se descubren los nexos, de manera un tanto forzada, entre todos los personajes de la puesta en escena: un joven casado despierta en la cama luego de una borrachera con un homosexual. La situación podría resultar entretenida, pero no lo es, básicamente por las actuaciones sin matices que no logran elevar el cuadro del promedio.

En términos generales, las actrices destacan en mayor medida que los actores. Nidia Bermejo es creíble y sincera en sus dos papeles, pero es Camila Mac Lennan quien logra un desempeño sobresaliente en las escenas que interviene, como la novia histérica y la hermana desahuciada. En el primer personaje, Mac Lennan logra interpretarlo hábilmente sin caer en el trillado estereotipo; pero es sobre todo en el último personaje, complejo y espinoso, en el que logra combinar hábilmente el drama y la comedia. Juan Carlos Pastor cumple sin mayores brillos, pero es Alonso Cano quien decepciona en sus dos interesantes personajes, con bastantes dificultades en volumen y dicción. El desplazamiento escénico de los cuatro intérpretes al cambiar los diferentes ambientes es limpio y preciso. Pero el director debería definir cómo deben esperar los actores que no intervienen en escena, pues algunos permanecen neutrales, pero otros ríen y se mueven, distrayendo la atención. A pesar de estos reparos, la dilatada duración de la puesta en escena no se hace notar. Cuatro historias… cumple las expectativas del público, consolidando a La Hoz como uno de nuestros directores jóvenes con mayor proyección y a Adrianzén como uno de los dramaturgos contemporáneos más importantes del medio.

Sergio Velarde
13 de mayo de 2009