sábado, 15 de marzo de 2008

Crítica: RECONTRAHAMLET

Shakespeare y el alegre peluquero de Elsimore

Recontrahamlet, la comedia que Shakespeare no escribió y que viene siendo repuesta en el Auditorio de la Municipalidad de San Isidro, alcanza su punto más alto en la secuencia "Rubí de Elsinore" de Bruce Kane, en la que el peluquero Rubí (divertidísimo Christian Ysla) atiende en su negocio a varios personajes de Hamlet: Ofelia (Ebelin Ortiz), Gertrudis (Grapa), Claudio (Nicolás Fantinato) y el mismo Hamlet (Franco Cabrera) , satirizándolos y burlándose de ellos, mientras guía a aquellos espectadores que desconocen el argumento de Hamlet, para entender y disfrutar a cabalidad de todo el espectáculo, conformado por cuatro piezas cortas de autores norteamericanos sobre el drama de Shakespeare.

David Carrillo y Ricardo Morán dirigen esta reposición, que estuvo en temporada en la Sala Preludio y en el Teatro Británico, prescindiendo de una de las obras que formaron parte del montaje original: Palabras, palabras, palabras de Christopher Durang, en la que tres monos evolucionan dentro de un laboratorio hasta llegar a escribir la palabra "Hamlet". Hay que decir que la no inclusión de este segmento no altera en nada el ritmo y la energía de la puesta, es más, la vuelve más dinámica y disfrutable en su justa duración.

La idea de juntar obras cortas alrededor de un mismo tema puede tener un cierto grado de dificultad, pues cada una de ellas, siendo escrita por un autor diferente, debe lograr en conjunto una sola unidad en escena, lo cual es conseguido felizmente por la dirección y el grupo de actores, quienes interpretan varios roles duante toda la duración de la obra. La pesadilla del actor de David Ives y Hamlet en 15 minutos de Tom Stoppard logran, cada una en su estilo, acercarnos de manera lúdica e hilarante a uno de los mejores dramas escritos por el bardo inglés: la primera nos muestra a un actor, inmerso en su propio sueño, forzado a interpretar a Hamlet en una obra en la que interviene hasta el jefe de escena, y en la segunda, asistimos a una versión abreviada del clásico en 15 y 2 minutos, que muy pronto se colgará en youtube en El rincón del vago.

Los actores cumplen muy bien sus roles, pero no todos logran un lucimiento parejo: el excelente Nicolás Fantinato ejecuta sin tacha sus personajes, pero es el visceral Christian Ysla quien se luce, no sólo como la díscola "Rubí", sino también como el desafortunado actor George Spelbing en la secuencia onírica de la obra, junto a la agradable presencia de la notable Grapa. Ebelin Ortiz cumple en la parte musical y Franco Cabrera resulta más convincente en su Hamlet cómico que en el dramático.

Recontrahamlet es una feliz reposición que logra su objetivo principal: divertir a los espectadores, acercándolos al genio de uno de los maestros de la dramaturgia universal.

Sergio Velarde

sábado, 8 de marzo de 2008

Crítica: MARAT - SADE

Disfuncional, contradictoria, tramposa y maldita  

Marat - Sade (o “Persecución y asesinato de Jean Paul Marat representado por el grupo teatral de la casa de la salud de Charenton bajo la dirección del Marqués de Sade”) del dramaturgo, pintor y escritor alemán Peter Weiss (1916-1982), es una obra disfuncional, contradictoria, tramposa y maldita.

Marat – Sade es disfuncional, pues nos presenta un duelo entre dos caracteres contrapuestos encerrados en un sanatorio en tiempos de la Revolución Francesa: Marat, personaje histórico asociado a la izquierda más radical y fuerte influencia en el cambio político y social que se gestó; y Sade, libertino y caprichoso aristócrata y escritor francés acusado por su aberrante exaltación del erotismo. Aquí se refleja la locura de una sociedad en constante cambio, pero que no se aleja mucho de la de nuestro tiempo, armada en base a agrupaciones opuestas y llena de contradicciones e injusticias sociales.

Marat – Sade es contradictoria (base clave de toda la obra de Weiss), pues es un claro ejemplo de teatro dentro del teatro, con influencias de Brecht y Artaud (mientras el primero pensaba que los problemas estaban en la sociedad, el segundo los creía en el subconsciente). La historia está plagada netamente de contradicciones: se enfrenta al revolucionario con el individualista, al político con el artista; la lucidez que exudan estos orates, quienes deben cumplir con una función de teatro orquestada por Sade, está en contrapunto con la contenida exaltación de las fuerzas del orden, representadas por Coulmier, regente del sanatorio que busca que sus pacientes se expresen a través del arte.

Marat – Sade es tramposa, pues supone para el actor que intente acercarse a este texto un doble trabajo y no a la inversa: un orate no tiene ni objetivos ni estrategias claras y no necesita de la razón para obrar como le antoje. Sin embargo, interpretar a un loco se convierte en la tarea más difícil para un actor. Debe encontrar un grado de claridad en sus acciones físicas y emocionales dentro de su innata locura, para sostener la acción dramática y volverla verosímil. Y en Marat – Sade existe toda una gama de locura presente en sus personajes: desde la catatónica y virtual asesina Charlotte Corday, hasta Simone, la sirviente de Marat.

Marat – Sade es maldita, pues su pase al escenario sólo será verdaderamente efectivo cuando existan las condiciones necesarias para sus realizadores. Tal como lo comenta el director Sergio Arrau (sin lugar a dudas, su mayor logro en cuanto a dirección artística se refiere), cuando tuvo que enfrentarse con esta obra elefantiásica en los años setenta y consiguió los resultados esperados gracias al momento anímico en el que vivía, al elenco de lujo del grupo Histrión (con pesos pesados como Carlos Velásquez, Carlos Gassols y Ernesto Ráez) y un contexto político y social adecuado, que permitió convertir a este espectáculo en uno de los aclamados por público y crítica de ese entonces. La maldición recayó sobre cualquier intento posterior, como la terrible puesta en escena de Alberto Herrera de hace algunos años en el Teatro La Cabaña.

A casi cuarenta años de las versiones definitivas en teatro y cine a cargo del maestro Peter Brook, esta versión de Marat – Sade presentada en el marco de las Temporadas Teatrales en la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático, dirigida por Ismael Contreras y producida por Nagual Teatro, debe ser apreciada como lo que en realidad es: una muestra del avance parcial de un grupo de alumnos de la propia institución, su examen final expuesto al dominio público, con todas las ventajas y desventajas que esto acarrea. Mérito del director – profesor Contreras por haber adaptado y simplificado la obra a un contexto más cercano y así no volver imposible su interpretación por parte de jóvenes que no tienen la muy necesaria experiencia de vida para enfrentar personajes tan complejos y densos. Una estrategia que puede ser muy válida desde el punto de vista pedagógico, pero que reduce las virtudes y la complejidad de la obra en beneficio de un mayor ritmo y agilidad a la puesta en escena. Y que, por supuesto, pone al descubierto algunas deficiencias en la dicción, modulación y entonación de voz en parte del elenco.

Sobre el espectáculo en sí, habría que señalar que Contreras logra poner orden dentro del caos que representaría un escenario plagado de orates sin remedio, pero que los actores no logran aprovechar para irradiar esa peligrosidad y agresividad que supuestamente deberían causar en el espectador. Si bien es cierto nadie esperaba un tratamiento “documental”, algunos detalles como la exagerada precisión técnica del coro (integrado entre otros por un rastafari y una chica dark) o la ropa interior visible en las actrices, anulan cualquier intento de hacernos creer que estamos en un manicomio de verdad. Aunque claro, siempre se podrá decir que el teatro en sí es una estilización de la realidad. A pesar de estas limitaciones, esta versión condensada y light de Marat – Sade es un muy digno acercamiento a una de las obras capitales de la dramaturgia universal, tan disfuncional, contradictoria, tramposa y maldita.

Sergio Velarde

Crítica: TACONES ROTOS

Almodóvar deconstruido

Digan lo que digan y rajen lo que rajen (y “a quién le importa lo que él haga…” como cantaría Alaska), Richard Torres ya tiene un nombre ganado dentro de nuestro mundillo teatral. Y vaya que lo ha logrado a pulso y tesón. No sólo estrena con cierta regularidad sus muy particulares obras de teatro (todas ellas llenas de psicodelia gay, estrambóticos temas y coloridos excesos), sino que se da el lujo de hacer debutar como actrices a las más cotizadas modelos del medio, como a Viviana Rivasplata en El arte de las putas o a Angie Jibaja en Orgía. Los resultados pueden ser muy controversiales y polémicos, con igual número de detractores y seguidores, por cierto. A Richard o se le ama o se le odia, pero nunca se permanece indiferente a él.


Cuando esto sucede sólo queda ser lo más imparcial y objetivo posible: comentar la puesta en escena de Tacones rotos (su último espectáculo-homenaje al gran cineasta español Pedro Almodóvar presentado en la Casa de España), con total rigurosidad siguiendo los parámetros establecidos: dramaturgia, dirección, actuación, escenografía, vestuario, etc. Pero ¡alto!... No estamos ante una obra de teatro convencional. El mismo director se encarga de promocionar su estilo como un “teatro experimental del laboratorio del surrealismo y del desorden” o como “método de la catarsis” o como “teatro de la crueldad”. Oportuna excusa, dirían algunos. En cualquier caso, basta con esta clarísima señal de alerta para advertirnos que estamos ante una puesta en escena en la que no hay reglas predeterminadas y en la que virtualmente cualquier cosa puede pasar. Y eso, ciertamente, se debe agradecer por el siguiente motivo: Richard Torres no ofrece gato por liebre, como algunos otros directores que se “atreven por atreverse”. Los resultados obtenidos en sus obras son perfectamente consecuentes con sus surreales, desordenados, catárticos y crueles objetivos iniciales.

Tacones rotos, título derivado obviamente de la cinta Tacones lejanos de Almodóvar con un Miguel Bosé travestido, nos presenta a un Richard Torres travestido (salvando las distancias) como una decadente vedette llamada “Divina” y su trágica relación con su madre (otro tópico almodovariano), interpretada por el habitual colaborador de Torres, Carlos Rubín. La música, la danza, los diálogos y las mismas actuaciones mantienen un estilo completamente teatral y antinatural al máximo, pero el giro final (tan trillado como funcional) compensa y justifica hábil y sospechosamente todos los excesos cometidos.

Hay que ver Tacones rotos para descubrir o re-descubrir a un joven y honesto artista con una muy particular visión de hacer teatro. Hay que ver a Richard Torres, ataviado como una diva esperpéntica “al borde de un ataque de nervios”, exigiéndole a su asistente que no le traiga agua en un vaso de plástico. Hay que ver a Carlos Rubín, en inmejorable imitación de Catalina Creel de “Cuna de lobos”, dispararle a su hijo/hija con una pistola de juguete. Hay que ver a la “Divina” destrozar el monólogo de Agrado en Todo sobre mi madre con total desparpajo frente a un atento y sorprendido auditorio. Hay que verla.

Sergio Velarde



Crítica: GUERRAS PRIVADAS

Directores versus Autores

¿Puede un texto magistral ser desaprovechado por un director sin recursos? ¿Acaso puede la dirección de un teatrista experimentado convertir un pastiche de guión en una obra maestra? Todo es posible en esta guerra privada entre el autor y el director (encarnizada cuando autor y director son la misma persona), que puede también traer consecuencias inesperadas: desde gratísimas sorpresas hasta sonoros despropósitos. Guerras privadas del dramaturgo norteamericano James McLure, estrenada en el ICPNA de Miraflores, pasa lamentablemente a ocupar su lugar en este último grupo. Ambientada en una Norteamérica azotada por la guerra, la historia de tres ex combatientes americanos confinados en un hospital psiquiátrico, tenía la suficiente fuerza y gracia para salir airosa en su pase al escenario, pero la torpe muñeca del director aniquiló cualquier esperanza de lograrlo.

Juan José Vento, con amplia experiencia en producción televisiva, parece olvidar que el medio teatral se resuelve de manera completamente diferente, y que no basta seguir las acotaciones de un guión para sacar adelante un montaje de teatro. Desaprovecha, durante prácticamente toda la obra, el enorme espacio que ofrece el ICPNA de Miraflores, reduciendo el campo de acción a una mesa y un par de sillas iluminadas por un cenital. Asimismo, sólo en escasos momentos (como en las secuencias oníricas) se hace uso del variado juego de luces que ofrece la sala. Si el director quería realizar un montaje intimista, debió elegir decididamente otra sala para estrenar la obra. Además, los numerosos cambios de escena, que consisten en largos apagones sin música de fondo que oculten los tropiezos de los actores al movilizarse en la oscuridad, sólo le restan innecesariamente energía y ritmo a la puesta.

Fernando Petong convence como el educado Natwick, tanto en sus estrategias para ser más amigable con sus compañeros como en sus infructuosos intentos de escribirle a su madre. Pero es Mijail Garvich (productor del montaje) quien, con gran solvencia y carisma, cobra gran protagonismo con su personaje Rufo, un joven ex soldado que busca reparar meticulosamente la radio de un compañero caído. El explosivo Silvio es interpretado con mucha entrega y fuerza por Patricio Villavicencio, quien explora niveles y ritmos diferentes que enriquezcan su personaje, tan agresivo como sensible, aunque debe cuidar más su dicción y volumen de voz.

Una mención aparte merece la presencia del primer actor Reynaldo Arenas en la obra. Promocionado erróneamente como el protagonista de “Guerras privadas”, su participación no puede ser más irrelevante. Lo que es peor, convierte a su psiquiatra en un personaje tan prescindible, que cualquier actor aficionado lo podría interpretar. ¿Es justo acaso exigirle a un primer actor como Arenas, con toda su larga trayectoria en teatro, cine y televisión, que “cumpla” con el encargo de interpretar con algo de brío a un personaje secundario? Lamentablemente, sí. El hecho de tener experiencia y tiempo en el medio no puede ser justificación para bajar la guardia. Muy por el contrario, es un reto y una responsabilidad para el actor, con tanta experiencia a cuestas, el no repetirse e innovar, y siempre sorprender al público. Cosa que en este caso, y en los últimos como en Trances, Arenas no ofrece nada nuevo y termina decepcionando.

Si Guerras privadas se deja ver en última instancia, es por el interesante texto que aflora adecuadamente en determinados momentos, gracias al trabajo coral de los tres actores principales, y evidentemente, no por la dirección que por poco arruina un interesante proyecto que debió caer en manos más experimentadas. Con estas guerras privadas entre autor y director, (a veces) no sale ganando nadie.

Sergio Velarde